domingo, 24 de abril de 2016

2000-REVISTA OFICIAL "Presidente de la Diputación"

CARNAVAL HUELVA / CARNAVAL COLOMBINO "Por Blas Miguel Hernández"

En su amplio sentido, el Carnaval coincide con el solsticio de invierno y la peregrinación que realiza la Naturaleza buscando la primavera, la estación del amor en la que todas las fuerzas y energías renuevan la vida física y psíquica.

Los romanos lo festejaron con las Saturnales, en diciembre, y las Lupercales, en febrero. El cristianismo asimiló estas y otras fiestas paganas de invierno, las reestructuró y acomodó a su calendario enmarcándolas en rituales de la llamada “Risa Pascual”. En medio situó la Epifanía (6 de enero), la fiesta de San Antonio Abad (17 de enero) o San Sebastián (20 de enero), según los casos, y la Candelaria (2 de febrero).

Desde que se instauró la democracia en España, el Carnaval parece haber recobrado viejas fuerzas y hoy se advierte un resurgir canavalero que alcanza incluso hasta donde es posible que no fuera muy habitual su celebración. Pero hay que desengañarse: el Carnaval en su sentido más primigenio no pasa por su mejor momento. Si hacemos caso a los etnólogos tan prestigiosos como Julio Caro Baroja, el laicismo burocrático y la secularización profana de la vida cotidiana han cercenado el hondo significado social y psicológico del Carnaval:

<Mientras el hombre ha creído, de una u otra forma, que su vida estaba sometida a fuerzas sobrenaturales –escribía Caro Baroja-, el Carnaval ha sido posible. Desde el momento en que todo se reglamenta, hasta la diversión, sigueindo criterios políticos y concejiles, atendiendo a ideas de “orden social”, “buen gusto”, etc…, el Carnaval no puede ser más que una máquina de diversión de casino pretencioso. Todos sus encantos y turbulencias se acabaron>, sobre todo, añado yo, cuando el concepto de la fiesta y de la misma historia se simplifican, se trivializan, por ciertos grupos políticos hasta convertir en auténticas pantomimas un proceso tan rico, complejo y variado.

Franco Cardini, por su lado, también opina que el racionalismo y la desacralización del mundo ha desvirtuado el Carnaval. Con toda ironía comenta que agoniza desde que la Cuaresma murió hace tiempo y <quien aborrece el arenque, manjar frugal, antiestético y maloliente, está destinado a descubrir tarde o temprano que la salchicha contiene toxinas y colesterol>.

La visión lineal del tiempo, que sustituye el carácter cíclico tradicional, con una concepción sacra del transcurso de las estaciones, provoca la pérdida de la efectividad psicológica, de desahogo colectivo, que caracterizó al Carnaval. Los tiempos modernos, la era de la informática y el cronómetro, tienden a igualar el tiempo festivo y el cotidiano, a confundirlos.

<La diferencia entre las actitudes cotidianas y las festivas –señala el antropólogo italiano- van borrándose; la gente vive cada vez más la realidad del reposo como un hecho individual. Las tensiones se relajan, en tanto que la fiesta, por el contrario, es u tiempo de intensidades, una ocasión en la que no se reposa, sino que se fatiga>.

Pese a todo el inconsciente colectivo y el personal aprovechan los rituales carnavaleros de este resurgimiento. En el ciclo carnavalesco se ha venido unificando la religiosidad popular con lo festivo, pero también con la farsa y lo dionisíaco. El Carnaval es la fiesta de la burla, la broma, la algazara, la chanza, la risa, la parodia y el humor. Durante el Carnaval se relativiza jocosamente cualquier orden o jerarquía en favor de la risa, que como ha desvelado M. Bachtin, es un factor social revolucionario: <El poder, la violencia, la autoridad, nunca hablan la lengua de la risa, La risa es una victoria sobre el miedo moral, el miedo ante el tabú, lo prohibido sacralizado. Gracias a ella todo lo amenazador queda transformado en cómico, y lo terrible se convierte en alegre espantajo>.

Se busca así el equilibrio social, como se pone de manifiesto el Miércoles de Ceniza. Todo vuelve a su orden y cada estamento social recobra su lugar, como lo indicaba un programa de los Carnavales de un pequeño pueblo castellano: >Todo pasa. Al final, da el pobre con su pobreza, torna el rico a su riqueza, el cura vuelve a sus misas, el currante a su currelo y el parado a su rutina>.

El simbolismo arque típico es claro: con el Carnaval muerto, sacrificado cual “chivo expiatorio”, renace el pueblo y desaparece la crudeza del invierno con sus limitaciones. El Carnaval muere llevándose consigo todos los pecados y males del pueblo. El “orden” vuelve a imponerse.

José Cejudo Sánchez
Presidente de la Diputación Provincial de Huelva


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