viernes, 9 de septiembre de 2016

1996-REVISTA OFICIAL "Periodista"

CARNAVAL HUELVA / CARNAVAL COLOMBINO "Por Blas Miguel Hernández"
   
A pesar de algunas incursiones activas dentro del mundo del Carnaval, presentándolo, pregonándolo, relatándolo e incluso juzgándolo, me considero, por mi propia esencia vital, una carnavalera un tanto atípica, en la que siempre ha primado el componente contemplativo sobre el participativo.

Me conformo no obstante con ello, porque a mi manera, lo disfruto, lo gozo y lo vivo con tal intensidad que acabo cada febrero impregnada de él por mis cuatro puntos cardinales.

De las múltiples facetas, innumerables enseñanzas y tropel de sensaciones que se superponen en el complejo entramado carnavalero hay una, el arte de la transfiguración, de la que me confieso particularmente deudora, enamorada y agradecida.

Aunque conocí muy pronto el regusto de transgresión por esas primeras máscaras que bajaban cada año de El Almendro, soliviantando mis temores infantiles, bajo el amparo del más cochambroso anonimato, nunca pude imaginarme que la contemplación de mi pueblo transfigurado produciría en mí semejante sosiego.

Fue en el año 1988 en un Cine Martín abarrotado, en el que las moscas, los enanos, las fresas, las setas y los piratas pululaban a sus anchas en medio del asombro y la admiración general.

De todo aquello, que ya forma parte de nuestra historia carnavalera castillejera y provincial quedó en mí una imagen plástica, que ahora he intentado plasmar en palabras, y que comienza así, tal como entonces estaban, que es como me gustaría recordarlos para siempre.

También entonces era febrero, que se filtraba disfrazado de escarcha por las paredes del viejo Cine Martín. Arriba y abajo, en desbandada, un enjambre de moscas gigantescas se ensañaban sin piedad sobre un pirata tuerto, a quien el humo de mil cigarros había dejado completamente ciego.

Tres mariposas rosadas intentaban sorber el néctar de una botella de ron, que acababa estrellándose contra el suelo pegajoso, alfombrado de papelillos de colores y de carmines rosados.

Y bien sé que el sonido de las doce en el reloj coincidió con el derrumbe total del artificio, que nada fuera real esa noche ¿Y qué me importaba a mí, si todos los años, cuando llega febrero, en la capital, el Andévalo, la Sierra la Costa y la Campiña onubense, la magia vuelve a repetirse?

Margarita Vázquez Rodríguez

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