domingo, 16 de octubre de 2016

1994-REVISTA OFICIAL "Recuerdo del comienzo. Saludo al Carnaval recuperado"

CARNAVAL HUELVA / CARNAVAL COLOMBINO "Por Blas Miguel Hernández"

…dejamos constancia de que he sido testigo del valor, de la entrega, del enorme esfuerzo que, vosotros, los organizadores habéis realizado. A todos ellos y a los grupos y peñas, en ti Juanjo, en ti, Oliva, y en ti Diego, como cabezas visibles y conocidas, gracias, en nombre de Huelva por una labor de muchas horas, resolviendo problemas, inventando cosas, buscando recursos, sufriendo los inevitables sofocos y con los nervios lógicos que produce la inquietud por “¿Cómo saldrá todo?”, “¿Cómo responderá la gente?”.

Ya lo estáis viendo; aquí están nuestras gentes de Huelva, fieles a la llamada del Carnaval.

RECUERDO AL CARNAVAL DE ANTAÑO

El Carnaval, en el fondo, lo sienten hasta sus detractores. Es como la antítesis de la hipocresía. Todos sabemos que, en más de una ocasión, nos toca decir lo que no pensamos, o hacer ocultación de nuestras más íntimas y naturales consecuencias biológicas. Hay que ser valientes y reconocer que vamos por la vida sujetos a unas leyes que respetamos dentro de la comunidad, porque, a veces, nos caen gordas. Y quizá, en la mascarada está la verdad de cada ser. Yo no sabría decir si en Carnaval nos ponemos una máscara o nos quitamos la de andar por el mundo de cada día. Hay que asumir nuestra realidad, con sus virtudes; que, el Don Perfecto, es un mito. Y… ¿Cómo eran los Carnavales de Huelva?... 

Para esbozarlos, simplemente, he realizado un grato viaje por el mundo de los recuerdos, que otros atesoran, siempre prestos a ofrecérnoslos. He buscado a nuestros hombres mayores y he encontrado un maravilloso archivo de cosas de Huelva. No cabría en este tiempo para pregonar. Son muchos años los que reposan polvorientos bajo el largo período del silencio impuesto.

Huelva ha tenido gran tradición de Carnaval en sus calles. La gracia especial de nuestras gentes hizo posible, sobre todo, el corretear incesante de murgas, chirigotas y disfraces individuales o en grupos, que repartían generosamente el alboroto de las fiestas, por el, entonces pequeñito paisaje urbano, casi familiar, donde, quizás porque todos se conocían, los encuentros entre las máscaras tenían el sonsonete bullanguero del “¿A que no me conoces?”. Y, entretanto, con la chacota a flor de piel, el “Plumero”, esa varita mágica de la alegría, rematada por cintas de colores, azotaba inocentemente, casi en caricia picaresca e incesante, al sufrido adivinador de la identidad del disfraz.

Huelva no ha tenido mucha entidad en el Carnaval organizado, ni tampoco ha sido tradicional entre aquellos cuarenta o cincuenta mil paisanos de otros tiempos, el Entierro de la Sardina, o la suntuosa o rítmica Cabalgata. Entre nosotros la fiesta tenía un devenir de disfraces, salpicados del sabor y buen humor de las murgas que, en cada esquina, instalaban tribunas para un Parlamento del Pueblo, en el que criticar al Ayuntamiento, a los políticos conocidos y contar siempre en broma pequeños sucesos de la vida cotidiana.

Era el auténtico Carnaval de calle, sin organización preconcebida, en el que no había actores ni espectadores, sino una fusión común, un acuerdo tácito de que la broma era la reina por unos días y era obligado darla y recibirla, donde el pacto era evidente: divertirse y que se diviertan los demás sin complejos, olvidando todo lo que pudiera menoscabar la alegría.

Eran los tiempo de la murga del Chocolate, aquél onubense célebre en Las colonias. Apadrinó una boda y como los coches de caballo, taxis únicos de la época, no estaban a su alcance, alquiló 25 carros, y, en ellos, embarcó a los novios y al séquito de acompañantes desde el barrio hasta la Iglesia de la Merced…¡Y no era Carnaval!.

El barrio de San Sebastián se reía a mandíbula batiente, entonces, con las ocurrencias de la murga de Rancarreja. San Sebastián ha sido siempre el barrio testigo de bellas páginas familiares de nuestra historia, y en la calle. Rancarreja era el número uno cuando llegaba el Carnaval. Y muchos otros nombres colgando del florida penacho de aquellas entrañables murgas; la de El Fonda, la de El Piosa, la de Pinchauvas…

El Matadero era otra zona típica en los días carnavaleros, y también el centro. La calle Concepción y Palacio eran lugar de cita obligado para el paso de los carnavaleros. Carreras, bailando, desde la Iglesia a la calle Vázquez López, y de vuelta de nuevo a la Iglesia. El itinerario del paseo cotidiano de aquellas tardes choqueras. Por el camino, papelillos, serpentinas, matrasuegras y plumerazos. Bromas y coplillas. Y buscar la proximidad de alguna mascarita simpática que pudiera endulzar, aún más, las horas ya dulces y despreocupadas del Carnaval.

¡Pero cuidado!... Qué gracia la de Agustín Medel cuando me lo contaba, junto a Pepe Zarandieta…”Había veces que, cuando encontrabas novia y quitaba la careta, veías que habías perdido dinero. Y otras que te habían dado gato por liebre, porque la bella mascarita, era un mascarón de proa”.

Y es que Huelva, también tenía, lógicamente, en aquellos tiempos, el quiebro salado del que iba para mujer y nació hombre, sintiendo en el corazón la rebelión hormonal de la pesada broma, casi carnavalesca, que le gastó la madre naturaleza. La Holandesa…La Benita…La Ginés… ¡Para “ellas” el Carnaval!... Solo esos días se vestían de mujeres y ¿Más de uno se equivocó de media a medio!... Pero, con gracia, después, para reírlo y recordar siempre con chacota la sorpresa recibida, a la hora de la verdad, como dicen los taurinos.

Huelva, sí, era fiesta. Y eran típicos sus bailes de Carnaval. Se hicieron famosos, incluso fuera de las fronteras provinciales. Como la pequeña Venecia, en aquellos tiempos de tan poco personal en la estadística de habitantes, hay que recordar los bailes del Reformista, en la calle Zafra, los del Republicano, en la calle Berdigón, los Benavente, en el Matadero, el Álvarez Quintero, en la calle del Puerto, o los del entorno de la Plaza delas Monjas; el Cinema Park, El Radical, El Cómico, El Orfeón…

Era famoso y muy concurrido los bailes de Carnaval del Teatro Mora. Se montaba una tarima enorme sobre el patio de butacas, a ras con el escenario. Las butacas debajo y encima, piso ideal para evoluciones coloristas de cientos de disfraces. Los tres pisos y la platea, se abarrotaban y arriba, en el recordado “gallinero del Mora” la zona que podríamos clasificar “S”.

Más estilistas, lo dos Círculos, El Mercantil y El Comercial. El Mercantil podríamos decir que acogía a la crema de la sociedad onubense con sus bailes rusos, chinos, japoneses. La cámara del popular fotógrafo onubense Alloza nos legó muchos documentos gráficos de aquellos bailes sociales en los días de Carnaval.

Más populares, con todo el sabor de la Huelva llana las dos cajas de resonancia de todos los acontecimientos festivos: El Brasil Grande y El Chico.

Pensando en tantos sitios y todos llenos y teniendo en cuenta la pequeñita que era Huelva, pienso que muy pocos, por no decir ninguno, se quedaba al margen del Carnaval. 

Cuentan los más viejos que en el callejón del Mora, al que también daba la puerta de El Orfeón, la serpentina y los papelillos que tiraban desde ambos locales a la calle para poder bailar en las pistas, alcanzaban fácilmente medio metro de altura. A veces, en los bailes, el descanso se aprovechaba para limpiar la pista. Los disfraces, caseros. La mujer con la ropa del hombre y los hombres con la de la mujer. Cualquier sábana valía. O alguna antigualla de antepasados oliendo a alcanfor del arca. Los más originales y exigentes, lo confeccionaban n casa o lo alquilaban en establecimientos de la calle del Puerto, los Herreros o San José. Caretas, plumeros, matasuegras, trompetas, serpentinas y papelillos de Baltasar o Justo Toscano…
Y …¡Hala! Al baile con las Orquestas del Maestro Prats, Soto o Molero. A corear aquello de…
“Yo quiero un TBO, yo quiero un TBO, si no me lo compras lloro y pataleo”

Pinche de melocotón, sangría, aguardiente, coñac o gaseosa de bolita para los abstemios, que ya era difícil encontrar alguno. Y por las calles, en amplias bateas de mimbre, el pregón vendía “la rica sultana y el rico piñonate” como simpática pareja de dulces.

PARTE FINAL

…el oído retumbó por nuestro cielo, y cuando el sonido se apagó, el Carnaval estaba prohibido. Habían huido también las ganas y la alegría para vivirlo. Los recuerdos, demasiado frescos corrieron un tupido velo y el dios Momo agarró sus colorines, sus caretas y su copa de néctar y cerró tras de sí la puerta del olvido.

Y, ahora, hoy precisamente, durante estos días, cuando los rencores se aplacan en los viejos y los que nacimos desde el 36 para acá estamos aprendiendo la dura y difícil lección de la convivencia en paz, ahora, es tiempo de realizar este esfuerzo común de empujar esa puerta y cantarle al pagano Momo para que nos vuelva atraer su ancha risa de Carnaval.

Que os quede hoy en el corazón la idea del esfuerzo conjunto. No dejéis que sea el Ayuntamiento, o la Comisión de festejos, o las Peñas, o los grupos sueltos, los que cargen solos con el esfuerzo de hacer el Carnaval. No organicéis demasiado. No encorsetéis el discurrir carnavalero. Le quitaréis lo más hermoso: la libertad. Que sea el pueblo el que lo consiga, porque el Carnaval está no para “verlo” sino para vivirlo. Que no de corte vestirse algremente de lo que sea y hacer locuras unos días. Que nadie piense “voy a hacer el payaso”. Quizás los auténticos payasos, sean los que teniendo todo un año para sufrir, no saben reír, de vez en cuando.

Manuel Peral Banda
Pregonero del Carnaval de Huelva 1984

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