sábado, 12 de noviembre de 2016

1988-REVISTA CARNAVAL "El viejo Pierrot"

CARNAVAL HUELVA / CARNAVAL COLOMBINO "Por Blas Miguel Hernández"


Recuerdo que el viejo Pierrot, allá por los años treinta, "él era entonces un chaval" deseaba la llegada del Carnaval, de esos días en los que parecía que los moralistas y también los hipocritones se siempre, se retiraban del tránsito, todavía menos rodado, dejando la calzada a la expansión  y a la alegría.
Al viejo Pierrot, "entonces un chaval" se le permitía que, en su traje, llovido de lunares grandes, fuese a bailar sin ciertos miramientos y tapujos de ordinario mantenidos por una sociedad al parecer timorata, miedosa a tremendos castigos siempre lanzados desde los templos.
Colombina lo esperaba sin prejuicios ni cortapisas, porque en aquella sociedad nadie sabía que fuera Colombina, llevaba el antifaz... A pesar de ser Carnaval, si la muchacha hubiera asomado la cara, si se hubiera quitado la breve pieza de tela del rostro, mientras se besaba ardientemente con Pierrot, no le hubiera faltado un espía ocasional y quizá inconsciente, que hubiera llegado presuroso al castillo de los hipócritas para contarlo con nombres y circunstancias, pero con el antifaz se veía libre de las asechanzas de los purísimos de turno.

Don Carnal, sonriente y amable, atendía a todos y procuraba que aquellos días, a él dedicados, fuesen lo más intensos posible; Doña Cuaresma se acercaba amenazante y con sus enormes prohibiciones caídas sobre la carne, en todos los órdenes; sentíase feliz ante la inminente llegada del miércoles de ceniza, en el que se le recuerda al ser humano que es polvo y que se va a convertir en polvo, como si no fuera bastante tan enorme verdad para tener también que recordarla, como si tal recordación fuera a cortar de raíz el frondoso árbol, naturalmente crecido, de los apetitos.

El entonces joven Pierrot y la grácil Colombina, bailaban un vals y un tango argentino y alguna que otras composiciones importadas de América y tanto teñidas de negro. Eran felices porque sabían que en la calle se cantaban coplas que demostraban que el pueblo no era tan tonto como el gobernantes creía, que la sátira intelectual de todo el año, anidaba en los humildes rincones de la ciudad, saliendo a la calle y dándose a conocer en las esquinas y en las plazas, con la luz prodigiosa del buen humor y los resplandores inimitables de la gracia natural.

Y eran también felices porque sabían que Amor, suelto y sin trabas, visitaba los casinos de clases privilegiadas y los centros más humildes, repartiendo gozo y galanura y, sobre todo, olvido de lo absurdo de cada día.

El viejo Polichinela, viejo de siempre, viejo desde que nació, aprovechaba la alegría de los jóvenes, el amor desbordado, para reforzar su falacia y se lamentaba de lo que el definía como "desmanes". Arlequín hacía sus versos, sintiéndose más inspirado que nunca, que de ordinario no encontraba demasiados motivos de inspiración y sí cuando veía reír al pobre y al rico, al mismo tiempo, bajo una lluvia de serpentinas, confetis y caricias. Todo era como un no querer ser lo que de ordinario se era, porque lo de cada día era el timoratismo y la amenaza. Hoy para ciertas expansiones no se precisa el Carnaval, pero el viejo Pierrot se alegra cuando desde su butaca escucha de la calle, el alegre paso de una rondalla.

Diego De Figueroa

Revista Carnaval de 1988 nº2

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